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Antibióticos: lo que hay que tener presente al utilizarlos

Antibióticos: lo que hay que tener presente al utilizarlos

Última actualización: 10-02-2019. Equipo Nutricioni

En principio los mecanismos de defensas naturales del organismo deberían ser suficientes para combatir las infecciones, pero en ocasiones la respuesta del organismo es insuficiente y se requiere de una ayuda externa para combatirlas.

Los antibióticos son fármacos cuyo descubrimiento ha salvado millones de vidas, pero no siempre  son la forma indicada de tratar una enfermedad infecciosa, debido a que los gérmenes causantes de la infección pueden ser virus, bacterias, hongos o parásitos.

Los antibióticos o anti bacteriales, como también se les denomina, son  los fármacos adecuados para combatir las infecciones de origen bacteriano, pero no son efectivos contra las otras fuentes de infección.

enfermedad respiratoria, Ilustración 3D de la infección por polen, virus o influenza

Cuando el sistema autoinmune por sí sólo no puede combatir una infección bacteriana severa, entonces los antibióticos son necesarios.

¿Cómo pueden ayudar? Los antibióticos pueden actuar mediante alguno de estos mecanismos:

  • Eliminando directamente las bacterias
  • Impidiendo que se repliquen y  se multipliquen

Una vez que la infección se ha reducido al mínimo, entonces las defensas naturales  del cuerpo pueden continuar actuando para erradicarla completamente.

Los antibióticos no siempre son adecuados

Es importante señalar que los antibióticos no actúan en las infecciones producidas por virus, como es el caso de las gripes, los resfríos, tos, irritación y dolor de garganta. Pero es frecuente que una infección viral cause tal daño a los tejidos que sobrevenga una infección bacteriana.

Usar antibióticos si la infección es de origen viral puede causar más daño que beneficio. Para algunas infecciones virales (no todas) existen medicamentos antivirales específicos.

También suele ocurrir que tras la ingesta prolongada de antibióticos entonces comienzan aparecen infecciones debidas a hongos. Estos tampoco son combatidos con los antibióticos. Para combatir las infecciones por hongos se usan fármacos antimicóticos.

El otro inconveniente del uso prolongado de antibióticos es la destrucción de la microbiota intestinal, debido a que los antibióticos de amplio espectro atacan por igual a las bacterias patógenas y a las bacterias buenas y necesarias que habitan en nuestro tracto digestivo.

Muy importante: al tener tratamiento con antibióticos, deben respetarse las dosis, la regularidad y la duración de las mismas.

Muchas personas al sentir mejoría dejan de seguir el tratamiento. Cuando el tratamiento se suspende antes del tiempo indicado, es muy probable que algunas bacterias sobrevivan y la infección retorna.

Y eso no es todo:  seguramente lo hará con cepas de bacterias resistentes al antibiótico que estaba ingiriendo, porque las bacterias aún siendo criaturas simples y unicelulares, tienen habilidades adaptativas y ello representa un grave problema de salud.

El uso indiscriminado de antibióticos en la población puede causar que se produzcan cepas de bacterias resistentes a estos.

Es decir, por selección natural o por mutaciones en el ADN  bacteriano aparecen grupos de bacterias resistentes a ese antibiótico. Es esta la causa de que cada vez se tengan que desarrollar nuevos antibióticos más potentes, porque los de vieja generación dejan de ser efectivos.

Bacterias y virus: las diferencias

Las bacterias son microorganismos de una milésima parte de un milímetro (1x10-3 mm)  compuesto por una única célula. Para reproducirse, se replican o dividen a sí mismas, dando lugar a nuevas bacterias.

Ellas forman parte de nuestro cuerpo: viven en la piel, en el sistema digestivo, los genitales,  en la boca y garganta y hasta en los párpados.

Se ha calculado que en el cuerpo de un humano sano, sin ningún síntoma de enfermedad,  habitan aproximadamente 50 millones de millones de bacterias. Esto representa aproximadamente 1,3 veces el número de células que conforman nuestro organismo.

Se sabe que muchas de las bacterias que habitan en el organismo juegan un rol importante en el fortalecimiento de las defensas del organismo y en la absorción de nutrientes.

Por supuesto que existen bacterias perjudiciales para el organismo y son las causantes de tantas y tantas enfermedades infecciosas en los oídos, garganta y vías urinarias.

Los virus son cien mil veces más  pequeños que las bacterias. Su tamaño es de 15 millonésimas de milímetro (15x10-6 mm) y no pueden considerarse una célula, dado que están conformados únicamente por ácido nucleico y una cubierta proteica.

Los virus necesitan una célula huésped para replicarse. Una vez que el virus penetra la célula, altera el ADN celular y lo reprograma para convertirla en una fábrica de virus.

Un estudio en 2014 encontró que también hay colonias de virus alojadas en personas totalmente saludables, residiendo en diferentes partes del cuerpo:  boca, nariz, piel y genitales, entre otras.

Se especula que cuando se rompe el equilibrio entre las diferentes cepas, o cuando el sistema inmune deja de responder adecuadamente, entonces dominan las cepas dañinas y de más alto riesgo.

Así que la mayoría de las personas conviven con alrededor de 60 millones de millones de virus, contando adenovirus, herpesvirus, virus de papiloma entre otros. Claro que son cepas que están bajo control y no dan ninguna señal de enfermedad.

De igual forma se piensa que algunas cepas de virus pueden contribuir a la generación de anticuerpos protectores.

Pero fuera de los virus que habitan regularmente en un cuerpo sano, siempre rondan cepas de virus dañinas que son las causantes de gripes, resfriados, varicela, sarampión, hepatitis y sida, entre otras enfermedades virales.

Importantísimo: distinguir las infecciones virales de las bacterianas

Es difícil saber si una infección es de origen bacterial o viral, puesto que en la mayoría de los casos producen síntomas similares. Lo que sí se sabe es que en el caso de infecciones respiratorias, 9 de cada 10 casos suelen ser de origen viral.

Las infecciones de las vías respiratorias altas que afectan principalmente la garganta o la zona nasal suelen ser ocasionadas por virus que se adquieren por contagio directo, en los lugares cerrados o muy concurridos. Entre ellas están la faringitis, amigdalitis, laringitis, resfriado y otitis.

En cambio las infecciones de las vías respiratorias bajas: bronquios, la tráquea y los pulmones suelen ser de tipo bacteriano. Aquí se incluyen la neumonía y la tuberculosis, ambas de origen bacteriano.

Las infecciones virales también pueden contraerse a través de las picaduras de mosquitos infectados, este es el caso de los virus del dengue, chikungunya, zika, fiebre amarilla y otras. Estas infecciones suelen aparecer unos días después de las picaduras.

Como ya hemos dicho hay mucha similitud en los síntomas, pero pueden establecerse algunas diferencias si se observa cuidadosamente.

En las infecciones de origen viral se observan estos síntomas:

  • Fiebre
  • Dolor de cabeza
  • Malestar general
  • Cansancio
  • Dolor muscular y articular
  • Secreciones nasales acuosas
  • Tos
  • Dolor de oídos y garganta
  • Los síntomas durar entre una y dos semanas

En las infecciones bacterianas también pueden aparecer síntomas semejantes:

  • Fiebre, por lo general más alta
  • Secreciones nasales, pero en vez de acuosas suelen ser verde-amarillentas
  • Malestar severo que causa postración
  • En el caso de las amígdalas, sobretodo  al tragar los alimentos, pueden aparecer puntos o placas blancas en las mismas, indicando que sin duda se trata de una infección bacteriana.

Actualmente están en desarrollo pruebas de sangre para distinguir entre uno y otro tipo de infección. Esta prueba se basa en el análisis de los genes en la sangre, detectando cómo se activan o desactivan en un patrón particular, en respuesta a un virus o una bacteria.

Esta distinción es necesaria para establecer un tratamiento adecuado de los síntomas. En caso de infecciones virales como el dengue y otras no es aconsejable el uso de analgésicos antiinflamatorios que reducen la agregación plaquetaria, como la aspirina y otros. En este caso es más seguro el uso de paracetamol o acetaminofén.

Resistencia a los antibióticos: ¿cómo usarlos adecuadamente?

La resistencia a los antibióticos se produce porque en las bacterias se producen mutaciones genéticas. Un  antibiótico elimina las bacterias sensible al mismo, pero entre las bacterias mutantes puede haber algunas resistentes.

Entonces se produce una selección natural donde las cepas sensibles se extinguen y sólo sobreviven y reproducen las que son resistentes a los antibióticos de uso común.

Como consecuencia de lo anterior la industria farmacéutica se ha visto en la necesidad de desarrollar nuevos antibióticos que sean efectivos contra estas cepas resistentes. Son los llamados antibióticos de nueva generación.

Es importante destacar que no son las personas quienes se vuelven insensibles a los antibióticos. Son las bacterias que cambian y se adaptan al antibiótico.

Este proceso natural de adaptación y resistencia a los antibióticos por parte de las bacterias se potencia por:

  • Bajas dosis, periodos cortos o tratamiento interrumpido.
  • Uso como preventivo de alguna infección o uso en infecciones de origen no bacteriano.
  • Venta no controlada.
  • Antibióticos de baja calidad que no eliminan las infecciones y por el contrario ocasionan resistencia de los gérmenes, ya que no tienen la potencia y las unidades indicadas.
  • El uso indiscriminado por parte de los productores agropecuarios que  emplean los antibióticos como preventivo en animales completamente sanos.

Como consecuencia de la resistencia, algunas enfermedades infecciosas que anteriormente se trataban con éxito mediante el uso de antibióticos relativamente comunes, ahora pueden ser mortales.

La resistencia a los antibióticos hace que el periodo de recuperación de algunas infecciones bacterianas sea más largo y costoso, requiriendo más tiempo de hospitalización. Muchas veces se requiere de un cóctel de antibióticos para vencer una enfermedad infecciosa.

Este problema crece a niveles peligrosos en todos los países. Con más frecuencia están apareciendo y propagándose en todo el planeta nuevos mecanismos de resistencia que ponen en peligro la capacidad de tratamiento, otrora común,  de enfermedades infecciosas.

Como los viajes son más rápidos y frecuentes la resistencia a los antibióticos se ha convertido en un problema de dimensiones mundiales.

Si no se dispone de antibióticos eficaces para combatir las infecciones, o la prevención de las mismas en los trasplantes de órganos, la quimioterapia y las intervenciones quirúrgicas, estos procedimientos cada serán cada vez más riesgosos.

El papel del sistema inmunológico para evitar infecciones

El sistema inmunológico es el encargado de proteger el organismo de las infecciones por virus, bacterias y parásitos.

Como hemos visto anteriormente, en un organismo sano existen poblaciones de bacterias y virus, pero es el sistema inmune el encargado de mantenerlos a raya a niveles tolerables.

Cuando el sistema inmune se debilita entonces es muy probable que se rompa este equilibrio y alguna cepa dañina empieza a crecer y proliferar en el cuerpo de manera no controlada.

También pueden aparecer cepas de bacterias o virus para los que nuestro sistema inmune no está preparado, por exposición al medio que nos rodea.

Siempre podemos estar expuestos, por más que nos cuidemos, al contagio con diversos tipos de gérmenes.

El sistema inmunológico actúa en dos fases, primero reconoce los agentes patógenos y luego los reduce.

El sistema inmunológico también  es capaz de reconocer células anómalas y destruirlas, como se ha visto en algunos casos de cáncer.

Eso es porque tiene memoria, es decir que recuerda las enfermedades que ha encontrado con anterioridad y produce secreciones (los anticuerpos) que atacan efectivamente a los patógenos en caso de que aparezcan nuevamente.

Cuando el sistema inmunológico falla es porque es incapaz de reconocer a los patógenos o no actúa con suficiente rapidez para eliminarlos antes que invada significativamente el organismo.

Sistema inmune. Anatomía humana. Silueta humana con órganos internos.

Los glóbulos blancos o leucocitos son parte del sistema inmunológico y se encargan de destruir los microbios y neutralizar algunas toxinas.

En esta memoria se basan las vacunas, en las cuales se inocula una variedad menos virulenta o potente del virus del que se pretende ser inmune.

El sistema inmune cuenta con un sistema de comunicación que desencadena una respuesta rápida y adecuada a la infección.

Las células especializadas del sistema inmune comienzan a producir sustancias que activan y guían a otras células, como los leucocitos,  al lugar de la infección.

Vitamina A para fortalecer el sistema inmune

Una de las causas del deterioro del sistema inmune es la falta o desbalance de  vitaminas y minerales debido a una alimentación pobre o inadecuada.

El sistema inmunitario necesita ciertos nutrientes esenciales para mantenerse y responder a las enfermedades infecciosas.

Al nivel humano, raras veces, existen carencias en un solo nutriente que permitan un diagnóstico específico de una baja en la función inmunitaria.

Por esta causa la mayoría de los estudios han sido realizados en animales y los resultados muchas veces se extienden a nivel humano.

Vitamina A

Esta vitamina mejora el funcionamiento de las células sanas, en el sentido que reduce la replicación viral, según han demostrado estudios con el virus del sarampión.

La administración de vitamina A aumenta la concentración de las proteínas relacionadas con los linfocitos T, consecuentemente la concentración en sangre de los linfocitos T y también de células  NK (natural killer) aumenta.

Otros estudios han encontrado que la vitamina A tiene un papel en la regulación de los genes y las proteínas que controlan la activación de las células T y la producción de citocinas.

Las concentraciones adecuadas de vitamina A en el organismo ayudan a un mejor funcionamiento de estos procesos, y por lo tanto, mejoran el sistema inmune.

El ácido retinoico producido a partir de la vitamina A ayuda al crecimiento y desarrollo del hueso y las células de la piel.   Además es necesario para la producción y regulación de linfocitos B en las células que recubren el tracto digestivo.

También se ha observado una función adicional de la vitamina A en la maduración de los fagocitos en la médula ósea.

Una deficiencia puede obstaculizar estas funciones, lo que conlleva una disminución de la concentración de linfocitos B y la producción de fagocitos inmaduros que debilitaría la respuesta inmune.

El betacaroteno, una forma vegetal de vitamina A, es un antioxidante, que protege a las células del daño causado por los radicales libres, los cuales se creen responsables del envejecimiento y de algunas enfermedades crónicas.

Vitaminas del complejo B y la vitamina C para fortalecer al sistema inmune

Vitaminas del complejo B

Se han encontrado perturbaciones del sistema inmunológico asociadas al déficit de estas vitaminas.

La carencia de ácido fólico o vitamina B9 suprime la respuesta de algunos linfocitos. Y las deficiencias de tiamina o B1, riboflavina o B2, ácido pantoténico o B5, biotina o B8 y cianocobalamina o B12, pueden disminuir la síntesis de las inmunoglobulinas o anticuerpos.

Además de las funciones inmunes, las vitaminas del complejo B juegan un papel importante en el metabolismo energético y la función nerviosa. La niacina (B3) retarda la liberación de la histamina y por lo tanto se recomienda comúnmente para las alergias.

La falta de energía y la fatiga, pueden ser causadas por un sistema inmunológico exigido. Estos síntomas puede tratarse eficazmente con un suplementos que contengan las vitaminas del complejo B.

La vitamina B9 o ácido fólico interviene en la producción células nuevas y sanas, como lo son los glóbulos blancos.

Sin embargo debe cuidarse el exceso de ácido fólico, ya que el remanente no metabolizado en sangre disminuye la actividad de las células NK.

Vitamina C

La vitamina C es un potente antioxidante soluble en agua asociada a varios efectos beneficiosos en el sistema inmunológico, en el proceso de envejecimiento, en la fortaleza del tejido interno de los vasos sanguíneos y el corazón  y en el metabolismo de las lipoproteínas.

  • La vitamina C potencia la inmunidad, ya que interviene en la producción de interferón, sustancia celular que impide las infecciones de una variedad de virus.
  • Participa de la síntesis del colágeno y la producción de leucocitos y linfocitos.
  • También  interviene en la formación del colágeno, un componente esencial de las membranas de las células. De esta manera la vitamina C contribuye al mantenimiento de las barreras naturales contra las infecciones.

Incluso en experimentos con ratones se encontró que altas dosis de vitamina C reducen hasta en un 50% el crecimiento de tumores cancerosos. Otros estudios indican que altas dosis de vitamina C disminuyen el riesgo de desarrollar cáncer de pulmón.

Vitamina E y selenio: dúo antioxidante

Las bajas concentraciones de vitamina E se asocian con la desestabilización de las membranas de las células del sistema inmune y con la disminución de la producción de inmunoglobulina.

Estudios estadísticos demuestran que la vitamina E también aumenta la resistencia a las infecciones.  

En estudios basados en voluntarios sanos de más de 65 años que tomaron complementos de 200mg diarios de vitamina E durante 33 semanas, se pudo observar que sus sistemas inmunitarios se volvieron más activos, en comparación con otro grupo control que no siguió el tratamiento.

Investigaciones de la Agencia de Seguridad Alimentaria Británica (FSA) revelan que el selenio mejora el sistema inmunitario.

En el estudio realizado a un grupo de participantes, se les administró a todos la vacuna del polio, que contiene virus que se multiplican en el sistema gastrointestinal y activan la respuesta del sistema inmune, creando así los anticuerpos de inmunidad.

A la mitad de ellos se les dio un suplemento de 100 microgramos de selenio, concluyendo que este grupo tuvo una respuesta más rápida en la eliminación del virus.

Aunque no está completamente comprendido el mecanismo de acción, se sabe que el selenio es un protector frente al cáncer, enfermedades cardiovasculares y degenerativas.

En la región China de Keshan, donde la ingesta de selenio es extremadamente baja, se ha observado una miopatía cardíaca llamada enfermedad de Keshan. Bajas dosis de selenio también se han asociado a la artritis, fibrosis quística y enfermedad celiaca.

Zinc y licopeno, activadores de la respuesta inmune

La carencia de zinc disminuye significativamente la respuesta inmunitaria y por consiguiente, puede facilitar la vía a las infecciones.

En ratones de laboratorio se ha observado que una dieta deficiente en zinc atrofia la glándula timo y también una pérdida de la función “ayudadora” de los linfocitos T4, así como una reducción de la actividad de las células inmunitarias NK “matadoras naturales”.

Estudios con dietas bajas en zinc muestran una merma en la producción de Interleucina IL2, esta última es una proteína componente de la citosina del sistema inmune y actúa como factor de crecimiento de los linfocitos T.

Estudios en conejos muestran que una deficiencia de zinc debilita el tejido linfoide asociado al intestino.

El licopeno es un pigmento natural con propiedades altamente antioxidante. Es muy abundante en el tomate, pero está presente en otras vegetales, como la sandía.

Su poder antioxidante incide directamente en el sistema inmune, ya que las infecciones virales aumentan el estrés oxidativo. La ingesta de licopeno reduce las infecciones virales y el daño que ellas provocan.

Investigaciones preliminares indican que el licopeno puede disminuir el riesgo de contraer ciertos tipos de cáncer, como páncreas y próstata.

Esto nos lleva a la conclusión que antes de recurrir a los antibióticos como línea de defensa ante las infecciones, lo mejor es mantener un sistema inmunológico sano mediante el uso de una nutrición adecuada que puede incluir suplementos de vitaminas y minerales, preferiblemente de fuentes naturales.

CelProtek es el suplemento natural que contiene vitaminas C, E, selenio, licopeno y otros antioxidantes naturales como polvo de frambuesa, corteza de pino y semillas de uva, que refuerzan efectivamente el sistema inmunológico.

Los antibióticos son necesarios sólo en casos extremos, cuando el sistema inmune ha sido vencido por una infección de tipo bacteriano. En estos casos el antibiótico puede salvar la vida.

Y tal como se ha visto no es útil en todas las enfermedades infecciosas. Su uso y abuso puede ser más perjudicial que beneficioso.

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